LA Santidad

El hombre y la mujer de Dios

No todo creyente es un hombre o una mujer de Dios. La 1ª epístola a Timoteo define algunos rasgos fundamentales de lo que es un hombre y una mujer de Dios, los únicos capaces de sobrevivir espiritualmente en un día tormentoso como el que ya empezamos a vivir.

Vamos a compartir hoy una palabra tomada del capítulo 2 de 1ª Timoteo, y que estará dirigida fundamentalmente a dos clases de creyentes: a los hombres y a las mujeres. Espero –con la gracia de Dios– ser equitativo y ocupar más o menos el mismo tiempo en las dos partes de este mensaje.

Tenemos gran necesidad en estos tiempos de ser instruidos por la palabra del Señor para que los creyentes no sólo sean salvos, sino que sean hombres de Dios y mujeres de Dios. Quisiera explicar brevemente que no es lo mismo ser un creyente que ser un hombre de Dios. Que no es lo mismo ser una creyente que ser una mujer de Dios. Hay una matiz que hace la diferencia.

Un creyente, es decir, uno salvado es aquél que tiene a Cristo, sus pecados han sido perdonados, su herencia eterna está asegurada en los cielos, pero no siempre su carácter y su caminar en la tierra son íntegros, probados, maduros en Cristo. Un hombre de Dios es aquel que ha pasado por el agua y por el fuego – usando esa metáfora del profeta. Aquel que está dispuesto a comprometerse con Dios, aun a riesgo de perder algo de su propia vida, o toda su vida.

Hay una frase en esta misma epístola que dice: “Mas tú, oh hombre de Dios …” Timoteo era un hombre de Dios al cual se le podía demandar cosas con toda confianza. Era un hombre que estaba comprometido con el Señor. ¿Cuántos hombres de Dios hay en el mundo hoy, en la cristiandad? ¿Qué porcentaje de creyentes son hombres de Dios? Lamentablemente, los hombres de Dios escasean. Los salvados puede ser que abunden, pero los hombres de Dios escasean. Para ser un hombre de Dios hay que tomar la cruz y seguirle cada día; hay que ir contra la corriente del mundo; hay que pagar un precio; hay que tener a Jesucristo no sólo en la boca, sino en el corazón y en la vida toda. No sólo como doctrina, sino también como conducta, como modo de vivir.

Una mujer de Dios, por su parte, no es aquella que sólo se preocupa de sí misma, sino que es una sierva que se ha inclinado para servir a su Señor y para servir a los siervos de su Señor – como Abigail, esa noble mujer del Antiguo Testamento. (1 Samuel 25).

Cómo han de conducirse los hombres

¿Qué diremos a los hombres esta mañana? En el versículo 3:15 de Timoteo dice: “Para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios …” Hermanos, creyentes, que desean ser hombres de Dios: hay una forma de conducirse en la casa de Dios. ¿Cómo debes conducirte? ¿Cómo debes relacionarte? El fundamento de Dios ya está puesto en tu corazón. La revelación de Jesucristo es una roca firme y segura. Los vientos huracanados y el mar tempestuoso no la pueden remover. Pero Dios desea que sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios.